Seamos claros: la verdadera propuesta de valor de Bitcoin son transacciones incensurables a través de una red incontrolable. Que tenga un suministro limitado, que se pueda transferir globalmente, incluso que sea infalsificable, serían características de poco valor si un Estado pudiera decidir apagar la red o evitar una transacción.

Recientemente, múltiples medios de comunicación hicieron eco del más reciente intento de China por expulsar a Bitcoin y los criptoactivos de su geografía. Lo divulgaron como si fuera la primera vez, olvidando las casi diez veces anteriores que el llamado gigante asiático ha tomado medidas similares. Que un gobierno prohíba algo una vez puede verse como una prueba de fuerza. Que prohíba lo mismo siete veces, parece más una demostración de impotencia.

China criminaliza cualquier tipo de negocios con criptomonedas, pero no ha podido evitar que sus nacionales sigan comerciando. Gradualmente ha expulsado compañías y censurado servicios, aislándose de esta naciente industria y expatriando cuantiosos ingresos fiscales. Ha creado a un mercado negro, en el que las personas usan palabras clave para seguir comerciando, eludiendo las barreras legales. Esto evidencia cuán valioso debe percibirse un bien para preferir arriesgarse a castigos antes que dejar de adquirirlo.

La segunda potencia mundial ha demostrado su impotencia para desterrar completamente a Bitcoin. Y esto es igualmente aplicable a cualquier otro país del mundo. Un Estado que ilegaliza Bitcoin lo único que hace es ceder un fértil espacio de mercado a otro Estado que tenga la suficiente visión para reconocer lo inevitable: nadie puede detener a Bitcoin.

Bitcoin no es como una compañía. No hay ningún CEO a quien encarcelar; no hay oficinas a cerrar; ni siquiera tiene empleados o representantes. Es un bien público, como Internet. Pero, a diferencia de Internet, no tienes que pagarle a ningún intermediario para usarlo. Cualquiera puede descargar el código y comenzar a correr su propio servidor (o nodo) de Bitcoin. Estas son las ventajas del software libre y abierto. A pesar de haber expulsado negocios y mineros, aún hay cientos de nodos funcionando en China.

Otra manera de decir lo anterior es que a Bitcoin lo gobiernan cada uno de sus usuarios. No hay nadie con más influencia que otro sobre la red. Ni siquiera los desarrolladores voluntarios que mantienen y actualizan el código tienen la capacidad de modificar arbitrariamente lo que socialmente hemos consensuado que es Bitcoin. Si los usuarios no actualizan a la nueva propuesta de código, es como si no existiese. Cada quien decide individualmente y sin coerción qué versión de Bitcoin usar.

En el 2009, cuando comenzaba a divulgarse Bitcoin, pocos hubieran creído que un proyecto tan horizontal como este tendría éxito. Sobre todo considerando las iniciativas previas de dinero digital que fracasaron en los noventa. La que más logró avanzar, e-cash, fue prontamente cerrada por el gobierno holandés apenas percibieron el riesgo. ¿Por qué pudieron? Pues, porque había un representante a quien amedrentar: David Chaum y su compañía DigiCash.

Satoshi Nakamoto parece haber aprendido una valiosa lección de ese episodio: para que Bitcoin tuviera éxito debía ser descentralizado.

Pero la descentralización no es algo que se logra por decreto, como muchos vendedores de humo quieren hacer creer. Es un proceso emergente y espontáneo, que requiere la coincidencia y voluntad de individuos dispuestos a trabajar por el proyecto y a consensuar respecto a las reglas, prescindiendo de cualquier tipo de líder.

Bitcoin creció orgánicamente, debido al potencial percibido por personas de todo el mundo, para ser la red computacional más robusta de la historia. A pesar de todas las críticas por su consumo eléctrico, es precisamente esa monumental pared energética la que protege a Bitcoin contra ataques, incluso de nivel Estatal.

En una red basada en Proof of Stake, donde lo que respalda el dinero es más dinero, un Estado pudiera simplemente comprar su camino al control de la red. En cambio, en una red basada en Proof of Work, como Bitcoin, tendrían que franquear la barrera material de adquirir suficientes chips para superar el enorme poder de cómputo acumulado en Bitcoin (spoiler alert: no existen suficientes).

Esto, a grandes rasgos, deja dos posibles ataques descartados: ataques a través de los desarrolladores y el código, y ataques a través de la minería. Y si aún el caso de China no convence de que un ataque legal tampoco acabaría con Bitcoin, vamos a detallarlo.

Antes de 2017, China era el mercado más importante para Bitcoin. Grandes y antiguos exchanges, así como un enorme porcentaje del poder de cómputo, estaban establecidos allá. Estos negocios no desaparecieron: tan solo migraron a latitudes más amigables.

Importantes instituciones del mundo han afirmado que, para poder controlar a Bitcoin, requieren coordinación internacional. Y, de hecho, esta podría ser la estrategia más efectiva en un mundo distópico donde la ideología y política internacional fuera globalmente homogénea. Pero lo cierto es que hay intereses y objetivos diversos y en conflicto.

El Salvador es la prueba más evidente de esto, con su reciente adopción de bitcoin como moneda de curso legal. Decenas de empresas ya han comenzado, si no a mudarse, al menos a abrir oficinas en este país, movidos por las regulaciones favorables para la industria.

Pero aún antes que el país centroamericano, ya desde Venezuela, Irán, Cuba y otros países desalineados con las políticas hegemónicas han encontrado en Bitcoin un instrumento para transferir valor sin pedir permiso a nadie y evitando todo tipo de censura.

Todos estos países, en su mayoría debido a sus atentados contra los derechos humanos, han sido sancionados con bloqueos comerciales.. Antes de Bitcoin, los países sancionados por cualquier razón, no tenían más remedio que el aislamiento económico. Ahora, usar el dinero como instrumento de control y coerción se hace practicamente imposible.

No solo a nivel de gobierno, sino también los ciudadanos de estos países han podido escapar a voraces depreciaciones de sus monedas, accediendo al mercado internacional de divisas gracias a Bitcoin. De ahí la relevancia de la resistencia a la censura.

Las diferencias ideológicas y geopolíticas que siempre han existido en la historia de la humanidad y seguirán existiendo, son el principal motivo por el cual una guerra coordinada contra Bitcoin por todos los países del mundo es sumamente improbable, por no decir imposible. Y aún así, aunque todos los Estados le hicieran frente a Bitcoin, aún habría nodos corriendo clandestinamente, como actualmente sucede en China.

Poder disponer de una red que nadie puede controlar ni manipular, y una divisa con una política monetaria fija e inalterable, es algo inédito en la historia. Un sistema financiero neutro, imparcial, transparente y predecible, es algo que puede encontrar muchos detractores en el estado corrupto del mundo actual. Pero, gracias a la resiliencia de Bitcoin, sus esfuerzos por combatirlo, a la larga, serán estériles.